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La práctica regular del ejercicio físico mejora el rendimiento del aparato cardiorespiratorio y contribuye tanto en la prevención como en el tratamiento de importantes trastornos del corazón y pulmones.

Tener un buen estado físico consiste en contar con una correcta adaptación del aparato cardiorespiratorio al ejercicio.

Los atletas suelen tener el corazón más grande, potente y resistente que el común de la población: una repercusión de la práctica regular de ejercicio físico que resulta muy favorable para soportar mejor los esfuerzos.

Ejercicio y oxígeno en nuestro aparato cardiorespiratorio

Las células musculares obtienen la energía que requieren para contraerse por dos mecanismos: uno anaeróbico y otro aeróbico. El mecanismo anaeróbico, que permite obtener energía sin consumo de oxígeno, es el primero que se activa. Pero su duración es breve, ya que las células musculares agotan sus reservas en pocos minutos. En general, el mecanismo anaeróbico es fundamental cuando se realiza un esfuerzo muscular intenso breve, como es el caso del levantamiento de pesos, que ponen a prueba el aparato cardiorespiratorio y también nuestro aparato locomotor.

El esqui de fondo como ejercicio físico pone a prueba nuestro aparato cardiorrespiratorio

En el mecanismo aeróbico, en cambio, las células musculares obtienen la energía a partir de la combustión del oxígeno que absorben de la circulación sanguínea, dando lugar a un producto de deshecho, el dióxido de carbono, que pasa a la sangre para ser eliminado a través de los pulmones. El mecanismo aeróbico, a diferencia del anaeróbico, comienza a activarse al cabo de 40 segundos de iniciado el ejercicio físico y es el que predomina en los esfuerzos musculares sostenidos y prolongados, o de resistencia, tales como la marcha, el jogging, la natación y el ciclismo.

Aparato cardiorespiratorio y la adaptación al ejercicio

Las fibras musculares pueden disponer del suplemento de oxígeno que requieren para su actividad a partir de los 40 segundos de iniciado el ejercicio físico gracias a una serie de modificaciones que se producen en el funcionamiento del aparato cardiorespiratorio. Este conjunto de modificaciones, que está regulado por el sistema nervioso autónomo y mediatizado por diversas hormonas, se denomina precisamente “adaptación del aparato cardiorespiratorio al ejercicio físico”. Así, tal fenómeno no sólo procura un flujo de oxígeno desde las vías respiratorias hasta los músculos esqueléticos, sino también un mayor índice de eliminación de dióxido de carbono en sentido contrario.

Corazón

El primer eslabón del aparato cardiorespiratorio y de esta adaptación corresponde a un incremento de la cantidad de sangre que expulsa el corazón hacia el aparato vascular. En situación de reposo, la cantidad de sangre bombeada por el corazón cada minuto, o volumen minuto, se sitúa en torno a 5 litros, mientras que durante el ejercicio físico puede llegar a 10 o 20 litros.

El volumen minuto es el producto del volumen sistólico, que corresponde a la cantidad de sangre que expulsa el ventrículo izquierdo en cada contracción, y la frecuencia cardíaca, es decir, la cantidad de latidos cardíacos por minuto. En las personas físicamente entrenadas cuyo corazón suele ser más voluminoso y fuerte, el incremento del volumen minuto se realiza básicamente a expensas de un aumento del volumen sistólico. Por el contrario, en las personas menos entrenadas, este proceso es fruto, fundamentalmente, de un incremento de la frecuencia cardíaca, que en estos casos puede llegar hasta 160 a 200 latidos por minuto, cuando en reposo se sitúa en torno a los 70-80.

Tensión arterial

El incremento del volumen de sangre que expulsa el ventrículo izquierdo repercute en las grandes arterias, cuyas paredes se ven sometidas entonces a una mayor presión. Por ello, otra de las modificaciones que forma parte de la adaptación del aparato cardiorespiratorio al ejercicio físico es un aumento de la presión arterial máxima: si en reposo esta variable se sitúa en torno a 12º mm Hg durante el ejercicio físico puede elevarse hasta 160-200 mm Hg. Es conveniente señalar que este incremento de la presión arterial máxima es fisiológico y, en condiciones normales, no ocasiona ningún tipo de perjuicio: tal es así que el registro de la presión arterial máxima constituye un índice habitual para valorar el rendimiento del ejercicio físico.

Árbol vascular

Otro eslabón fundamental en la adaptación del aparato cardiorespiratorio al ejercicio físico es la redistribución del flujo sanguíneo corporal. Este mecanismo, que se consigue mediante la dilatación y concentración de las arterias de los distintos órganos, tiene la misión de incrementar el aporte de oxígeno a los tejidos sometidos a un mayor esfuerzo, en este caso los músculos esqueléticos y el propio corazón, reduciendo en cambio los que no intervienen en el ejercicio físico. Naturalmente se mantiene el flujo sanguíneo de los órganos vitales, como el cerebro, y también se incrementa el de la piel, para que el organismo pierda el exceso de calor generado por la actividad muscular, o el de los riñones, para permitir la eliminación del exceso de agua y deshechos metabólicos derivados de esta misma actividad.

Vías respiratorias

Otra parte importante de la adaptación del aparato cardiorespiratorio al ejercicio físico corresponde a las vías respiratorias, que también modifican su funcionamiento para garantizar una mayor entrada de oxígeno a los pulmones y una evacuación de dióxido de carbono hacia el exterior: las vías respiratorias superiores se dilatan, los movimientos respiratorios se hacen más frecuentes y profundo, y el tejido pulmonar incrementa su elasticidad.

Músculos

Por otra parte, junto a esta adaptación del aparato cardiorespiratorio, durante el ejercicio físico las propias células musculares incrementan su capacidad de absorción de oxígeno desde la circulación sanguínea y su ritmo de eliminación de dióxido de carbono en sentido inverso.

Bueno para el corazón y los pulmones

La adaptación que realiza el aparato cardiorespiratorio al ejercicio físico resulta muy beneficiosa a medio y largo plazo para mejorar el rendimiento del corazón y los pulmones y para prevenir, e incluso tratar, algunos trastornos importantes que pueden afectar a estos órganos. No obstante, para que estos beneficios sean reales, es necesario que el ejercicio físico practicado sea de resistencia y se lleve a término de forma regular, moderada y progresiva.

El ciclismo como ejercicio físico es una buena práctica para ejercitar nuestros aparato respiratorio

Beneficios

De estos beneficios, probablemente el más destacable es la ayuda que presta el ejercicio físico en la prevención de la enfermedad coronaria, debida a la obstrucción de las arterias que irrigan el corazón y la subsecuente falta de oxígeno en este órgano. Cuando el músculo cardíaco es sometido a un esfuerzo regular, moderado y progresivo, responde, al igual que los músculos esqueléticos, aumentado su fuerza, potencia y volumen, pero también fabricando nuevas arterias, ya que así incrementa su propio aporte de oxígeno y su rendimiento. Todo ello resulta crucial para prevenir la enfermedad coronaria: un corazón adecuadamente entrenado tiene menos posibilidades de que sus arterias se obstruyan y responde mejor en casi de que ello efectivamente ocurra.

Por otra parte, la práctica de ejercicio físico es muy recomendable para corregir o disminuir el efecto de otros factores de riesgo importantes de la enfermedad coronaria: aumenta la concentración del “colesterol bueno” en la sangre, disminuye la de las plaquetas, contribuye a una significativa pérdida de peso en las personas con sobrepeso corporal e invita a abandonar el tabaquismo.

En lo que respecta al aparato respiratorio, la práctica de ejercicios físicos de resistencia mejora considerablemente la capacidad pulmonar y, además, contribuye en la prevención y tratamiento de diversos trastornos en los que ya existe un cierto grado de insuficiencia respiratoria, como ocurre en la bronquitis crónica, el asma y el enfisema pulmonar.